Encaminarse al horizonte

De niña recuerdo avistar el horizonte del río Cazones cuando iba a nadar con mi hermano y mis padres. Me sobrecogió imaginar desde dónde venía el agua en que nadábamos y pensar hasta donde llegaría: ahora sé, al Golfo de México. La noción de que en algún momento el río se terminaba me causó angustia porque lo desconocía; desconocía que el que algo termine no significa que deje de existir, si no que también puede cambiar, como el agua de un río que pasa a ser agua de la mar. Esta conciencia, con la edad, me llevó a identificar el horizonte que se extendía de manera interminable entre el cielo y la tierra al volar por primera vez en avión, y luego mutó en la comprensión de cómo la frontera interrumpía la continuidad del desierto en que crecí.

Si bien el horizonte puede resultar abrumador por su inmensidad y lejanía, me ha permitido descubrir puntos que llaman más mi atención y a los cuales decido dirigirme. Por un lado he reconocido la creación artística como una cordillera a la que puedo encaminarme y emplear una vida para identificar, apreciar, disfrutar cada uno sus detalles, y por otro lado he podido identificarme a mí misma como parte de otro horizonte todavía más vasto, perenne y humano. El tiempo ha sido y seguirá siendo el actor ecléctico e indispensable en este andar de la existencia.

El horizonte, se sabe carece de color, pero he decidido nombrar azul al que conozco. Horizonte azul es la unión de lo tangible e intangible, es el futuro que inquieta, interesa y desasosiega, es el aire que respiro y que me sitúa en el instante. Pero también es un viaje escabroso que en ocasiones puede resultar desesperanzador y desilusionador; siempre impulsa hacia adelante y puede acortarse o alargarse dependiendo de a dónde se fije la vista y de cómo se mantenga el paso.

Cuando estudié literatura en la secundaria, no pensaba en horizontes ni en crear, simplemente me gustaba escribir cuentos (cortos) para contar historias y temía ser reconocida como escritora porque no vivía de eso. Participé en diversas lecturas durante ese tiempo y me sorprendí al ver que nadie asistía a ellas, excepto los organizadores, nuestras madres y un solo padre, y en ocasiones ni nuestros padres. Al crecer en Mexicali, no es una novedad que las artes, y en especial la literatura, fueran tan indiferentes para la población y poco difundidas en los pocos espacios destinados para eso. La ciudad fronteriza cachanilla es frecuentemente olvidada por la gente de fuera, irreconocible como la capital de Baja California y con muy poca oferta literaria (al menos de la que yo escuchaba o leía), y las pocas librerías que existen, en ese entonces solo llegaban a vender bestsellers, y de vez en cuando libros por encargo, que tardaban semanas, ya que sus ventas principales eran los libros de textos.

El primer horizonte que divisé fue ese, el de la indiferencia. Me fue difícil mantenerme al margen del desinterés de mis compañeros de la preparatoria; aquel había trascendido y convertido en un aborrecimiento total y por consecuencia en ignorancia. Me integré a Pluma Joven Mexicali, abanderada de la promoción y difusión de la literatura, y encontré otros escritores, divulgadores y lectores a los que pude conocer y admirar, así como explorar textos fuera de mi formación básica y conocimientos. Fueron meses en los que me enriquecí de lecturas, discusiones y amigos. Aunque esta iniciativa juvenil no prosperó en mi ciudad, la sede original de Ensenada sigue activa y difundiendo la literatura.

Desenfoqué la mirada a lo lejos y miré mi vida universitaria; las inquietudes de cumplir la mayoría de edad me envolvieron en una carrera para seguir el plan de vida que me empezaron a cuestionar desde la secundaria y perdí la vista del horizonte. En medio de esa aflicción sin precedentes, el cine y la poesía me sacaron a flote. Las bellas personas con las que tuve el placer de coincidir en clases de cine, talleres de creación literaria y en el festival Interfaz me demostraron que era posible encaminarse a un horizonte propio, vivir sin la prisa de completar una carrera de la que yo ya me había cansado.

El miedo suplió al cansancio y a pesar de que sabía que tenía un horizonte por delante, me sumergí en una negrura indescriptible. Desprovista de refugio alguno, tuve que acostumbrarme al miedo y eventualmente este dejó de tener sentido. Mas me tomó algunos años armarme de la voluntad que desapareció cuando dejé de escribir narrativa y tan solo unos segundos retomar la rigurosidad con la que escribía una historia para un nuevo cuento corto. Ahora que reconozco la necesidad del aprendizaje continuo a la par de la necesidad de expresión, he fijado de nuevo la mirada en el horizonte que me espera: inalcanzable, claro, certero. A pesar de tiritar y dudar, mantendré un paso firme mientras mi corazón bombea, mis manos escriben y me expreso. Escribo para vivir, pienso para escribir, siento para pensar, existo para sentir.

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